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Dos botones de sulfuro

Diario del capitán:

Hicimos una parada en la ciudad Pino Rosa, calculamos que eran las cinco de la tarde del horario local. Estacionamos la nave cerca de la Plaza de las Mil Piñas.

Escuchamos de una fiesta salvaje en las afueras y, sin más, nos encaminamos a ella. Conforme más nos alejábamos del centro de la ciudad, las criaturas tenían un aspecto más hostil. Sin saber exactamente a dónde íbamos, seguimos a una lugareña que vestía de naranja suponiendo que se dirigía a la misma fiesta salvaje que nosotros.

Minutos más tarde, nos encontrábamos sobre un túnel de naves recolectoras: la gente escaseaba, el ambiente se olía peligroso y la lugareña ya no se veía, por lo que decidimos regresar.

A escasos metros de distancia vimos que la mujer de naranja entraba a una puerta que quedaba en el suelo. Naturalmente, la seguimos. Cuando entramos al sitio, muchas sensaciones recorrieron nuestro cuerpo. Es bien sabido que los foráneos no siempre sobreviven cuando se aventuran en las afueras de la Ciudad del Pino Rosa.

Sentimos miedo.

Resultó que no éramos los únicos foráneos en la ciudad. Nos recibieron con bebidas de ácido y saliva de oso y la música era intensa, sin armonía. Había un hedor extraño. Lo único que nos retenía allí, era una mujer. Típico. Tenía ojos gigantes, implantes de cabello de plástico, un arillo dorado colgando de su nariz y tenía impresa en el pecho las palabras ‘God is Female’. En su mano derecha sostenía una botella de licor de pino asfáltico. La combinación de todo eso nos mató.

Mientras bebíamos más ácido, la observábamos moverse al ritmo de la música, probablemente fue el ácido lo que hizo que nos levantáramos y camináramos hacia la pista de baile. Como por arte de magia, la música comenzó a cobrar sentido y nuestro cuerpo se balanceaba. Teníamos espasmos en nuestras extremidades.

La música se volvía más intensa y nosotros seguíamos intoxicándonos con ácido. La mujer del arillo se acercó a nosotros y nos ofreció botones de sulfuro, y aceptamos un par -éstos te hacen alucinar como loco. Al ingerirlos, todo comenzó a dar vueltas, las luces del lugar se volvían intermitentes, y ahora la chica estaba bailando con nosotros. Entonces fuimos felices. La chica nos besó.

Una vez más, el miedo entró en escena. Y entonces huimos hacia los sanitarios. La chica se quedó en la pista, sola, bailando. Pusimos seguro en la puerta y comenzamos a llorar. Minutos después el llanto cesó y salimos. La chica estaba esperándonos, se acercó, hubo un momento de silencio en el que nos miramos, ella extendió sus brazos, y nos abrazamos, cerramos nuestros ojos.

Al abrirlos, nos dimos cuenta de que estábamos recostados sobre la mesa del bar, en un charco de vómito, con la cara hinchada. Al explorar con la mirada el lugar, vimos a la chica del arillo, repartiendo más botones de sulfuro.

Nunca nos sentimos tan miserables y solos como aquella noche.

dos

Chris Exiga

Alumno de la licenciatura en Comunicación Visual

2o semestre

 

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